HACIA UN NUEVO ORDEN.

HACIA UN NUEVO ORDEN.

 

¿El Derecho tiene hoy una dinámica evolutiva?

A veces me emociona la persistencia de muchos abogados, especialmente profesores que intentan con ahínco y excelencia, convocar a sus pares y a la ciudadanía, en la aplicación de la normativa legal vigente con un marcado tinte de humanismo y equidad, entendiendo que se trata de dar a lo que cada uno le corresponde.

 

Tal concepto se arrastra de hace cientos de años, tal vez desde el Código de Hamurabi; las Tablas Romanas y, finalmente el Digesto. Desde este último códice muy poco es lo que se ha avanzado en la materia.



¿Por qué sucede eso?

A mi modesto entender  aparece esta ciencia de la cultura como prisionera de  muchos factores que la determinan a mantenerse estática y entregar leves asomos evolutivos que no logran cambiar su sustancia pétrea.

El Siglo XXI nos ha iluminado con algunas bases nuevas que permiten creer en la renovación, me refiero al reconocimiento global y nacional del Estatuto de Derechos Humanos que pareciera hoy sustancian  la legislación aplicada cotidianamente a los conflictos que en la sociedad se suscitan.

 

El reconocimiento de los derechos básicos de las personas aparece, entonces, como una llama potente que abraza la suerte de los hombres y de la humanidad.


El gran obstáculo que atenta contra el desarrollo del Derecho no ha sido previsto en su magnitud por los estudiosos del tema, quienes han dirigido su esfuerzo a desentrañar el contenido de las normas, su alcance y  aplicación al caso concreto.

En el mundo de hoy, ello implica estacionar el carro de la evolución a la vera de la historia y observar cómo pasan los acontecimientos en los que nuestra disciplina, el Derecho, no participa.

 

De ahí que el obstáculo que impide su desarrollo debe ser entendido como el producto de las relaciones de producción que  son las que en definitiva entregan  las variables de lo que se entiende justo y equitativo en alguna etapa de la historia, como lo es la que nos ha tocado vivir, pues, estas relaciones de producción son las que determinan la economía y hoy, el mundo se mueve en el pantano de las capacidades para comprar y vender, bajo los principios del fundamentalismo económico que hacen del mercado el principio y el fin de nuestra sociedad mundial.

 

Hoy, las relaciones de producción han dejado de ser personales, desde que no hay entendimiento directo entre los creadores de la riqueza y los dueños de los medios de producción. Se entiende lo anterior en cuanto el capital que sostiene o financia el sistema no tiene rostro, no tiene frontera conocida, no tiene país y en su naturaleza constituye una entidad independiente de todas decisión local, sobrepasando aquello que fuera la base de nuestras organizaciones políticas, es decir, el poder soberano sobre el que se sustentaba el imperio de la Ley.

 

Hoy la manifestación de la voluntad carece de la importancia que tenía en los milenios anteriores.

 

Tal concepto relacionado con  el de soberanía, se ha destruido por la aplicación del capital a las distintas actividades cuyo patrón es el mercado mundial a quien sirve y a quien rinde pleitesía.

La colisión violenta que hoy se observa a nivel mundial en todas las sociedad en los distinto continente; los movimientos de peregrinos; los muros divisorios tan criticados antaño; las guerras locales; el comercio internacional y asimismo, la aceptación del intercambio,  sea comercialmente o por medio de la invasión; la circunstancia de ser las riquezas básicas depredadas por organismos cuyos antecedentes existenciales se diluyen a lo largo y ancho del planeta, nos lleva a concluir que la normativa legal positiva, es decir las normas por las que el Derecho se manifiesta, han quedado en desuso en buena parte del mundo y nuestra cultura de la legalidad, solo es una prisionera que más temprano que tarde va a desaparecer para dar lugar a la existencia de una legislación impuesta a nivel global por las entidades que en la práctica, en la realidad, en el hecho, son las que regulan las normas y las que establecerán el nuevo orden en base a un nuevo Derecho, ajeno a nosotros mismo en nuestro leve mundo marginal.

 

Tal Derecho obedecerá no a los intereses individuales ni nacionales, en consecuencia, se generará muy lejos de la voluntad, hoy base de todo acuerdo, sino, su regulación obedecerá a intereses de  fuerza fácticas expresadas en su manifestación superior, el nuevo orden global.

 

¿Qué hacer al respecto? Ese es tema de otra reflexión, la que puede ser intentada por quien desee hacerlo.

¿SERÁ ESTE NUESTRO DESTINO?




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